Por qué el 'biopic' de Britney Spears es alarmantemente machista.

By Carlos Hernandez
@CAHG_26 

En la montaña rusa descarrilada de los éxitos y miserias de una estrella del pop como Britney Spears se pueden observar dos interesantes etapas. Está la etapa de la apología de la sumisión en la pareja, con –así es su título original– Hit me, baby, one more time (“Pégame otra vez, bebé”) o I’m a slave for you (“Soy tu esclava”) como fieles testigos. Y la etapa de redención con Womanizer (“Mujeriego”) como cota más alta. No son odiseas griegas con especial interés en el sadomaso, son éxitos de la cantante que un día tocó fondo. ¿Qué las separa a una de la otra? El túnel de la muerte.

Es habitual en el cine de terror resucitar de entre los muertos con el alma perdida por el camino, de forma completamente surrealista y sin dar explicaciones. Lo hizo Michael Myers, apareciendo cuando le daba la gana en Halloween. Lo hizo Brandy en Aún sé lo que hicisteis el último verano cuando todos la daban por muerta. Y lo hizo Jason Vorhees, más veces que nadie, después de llevar ahogado décadas bajo las peligrosas aguas del lago Crystal de Viernes 13.

Resulta Britney Spears la Jason Vorhees del pop si tenemos en cuenta que 2007 fue el año en el que su alma viajó a mejor mundo, pues no sabemos si lo que habita dentro de la Britney actual es humano. Según el reciente biopic del canal norteamericano Lifetime –el mismo que de no ser por esa cumbre adictiva de la trastienda del dating show que es UnReal no existiría–, el cuerpo de Britney está ocupado por un extraterrestre procedente de una lejana galaxia. Sólo así, quizá, se pueda explicar que pida el divorcio mediante lenguaje SMS (“I Wnt 2 Dvrce U”) o se alimente exclusivamente a base de Cheetos.

“I’M A SLAVE FOR YOU”

Britney Ever After, que así se hace llamar el esperpento, cumple a rajatabla tan importante eslogan como “Se desbarató ella solita”, pues aunque el culpable de las adicciones y descalabros varios siempre es uno mismo, los factores externos parecen salir impunes en unos 90 minutos en los que las únicas infidelidades de Justin Timberlake sólo existen entre la permanente de sus rizos mal teñidos, Kevin Federline es el mejor padre del mundo y Sam Lufti un fiel mánager guardián que corre al KFC más cercano a comprar pollo frito en cada ataque de ansiedad de su máquina de hacer dinero. Pero como aquella despampanante pitón sodomizada, con la que un día aparecería encima de un escenario: da miedo, pero no muerde.

En una escena aleatoria, durante una discusión tonta con el falso Justin Timberlake, una bravucona Britney escupe “No soy yo la que está cayendo en los charts”. Así que los guionistas le dan carta libre para ser infiel. A ella, no a él.

La realidad es que Britney Spears apareció un día pidiendo de rodillas que la internaran en un hospital psiquiátrico. Nadie más que ella puede hablar de su viaje a los mundos de Yupi. En hundimientos mediáticos Britney y Titanic se llevan la palma. Para que el drama del barco resultara atractivo se inventó una falsa historia de amor, así que en Lifetime debieron pensar que para que este descarrilamiento tuviera lógica, entre su público señoril y fiel a historias de amor de sobremesa, habría que bascular toda la artillería sobre su necesidad de sumisión con los hombres. Como si los titulares ‘tabloileros’ de 2007 que rezaban “Viviendo con una enferma mental”, encima de una foto de Britney y sus hijos, no fueran lo suficientemente impactantes.

Fuente:msn.

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