By Carlos Hernandez
@CAHG_26
A los 12 años
declaró "No he venido a este mundo para hacer feliz a Tom Cruise": la
actriz lleva más de 20 años sin preocuparse de lo que pensarán de ella y
su carrera, una de sus grandes virtudes.
El Hollywood
de los 90 parecía un campamento de verano. Las estrellas infantiles
veían su sueldo crecer más rápido que sus huesos, y mientras su fama
aumentaba, el matrimonio de sus padres se derrumbaba.
Los chavales encajaban en un mismo molde (canallitas con cara de haber
dormido menos de lo que deberían), pero las niñas ofrecían más
complejidad y variedad: estaba la rara (Christina Ricci), la respondona
(Gaby Hoffman), la adorable (Thora Birch) y la aventurera
(Anna Chlumsky). Y luego estaba Kirsten Dunst. Inclasificable, incómoda
y desconcertante. Durante la promoción de su primera película,
Entrevista con el vampiro, le preguntaron si le hizo ilusión trabajar
con la mayor estrella del planeta (Tom Cruise) y ella
no parpadeó cuando respondió "yo no he venido a este mundo para agradar
a Tom Cruise". Tenia 12 años y estaba destinada a reivindicarse como la
principal superviviente de aquella precoz generación de miniactrices.
Durante años,
Kirsten culpó a su madre por haberla empujado a trabajar en Hollywood
desde pequeña y tratarla más como a una mina de oro que respira que como
a una hija. "Cuando salí de hacer la prueba
para Entrevista con el vampiro, mi profesor de interpretación había
estado escuchando en la puerta. Así que me obligó a volver a entrar, se
disculpó con la gente del cásting y me hizo repetir la prueba", recuerda
Dunst. Con 12 años la obligaron a besar a Brad
Pitt en contra de su voluntad, erigiéndose como la única chica de todo
el planeta que rechazaría esta propuesta, porque le daba asco. "Era una
niña pequeña. Estaba convencida de que Brad tenía piojos. No volví a
besar a nadie hasta los 16 años", explica la
actriz. Con 18, tuvo que soportar que todo el equipo fuese de colegueo
con sus compañeros en el rodaje de Spiderman (Tobey Maguire y James
Franco) mientras que a ella la llamaban "la chica". "No me gustaba en
absoluto" confiesa la actriz, "creo que pensaban
que era un piropo, pero a mí me parecía desdeñoso. Sin embargo, nunca
me quejé. Pero hace poco coincidí en un rodaje con el asistente de
dirección, y le conté cómo me disgustaba [ese apelativo]. Así que él me
trató de un modo completamente diferente, y nos
entendimos fenomenal".
Cuando en 2008
ingresó en rehabilitación, los medios salivaron ante la hipotética
debacle de la ex-niña prodigio, una tragedia que ya hemos visto antes y
que está condenada a repetirse. Las crónicas
explicaban cómo Dunst había perdido el control sobre su vida social, y
varios testigos aseguraron haberla visto bailando en discotecas con sus
amigos. Un comportamiento inofensivo para cualquier chica de 26 años,
pero sobredimensionado por una cobertura mediática
hambrienta de niñas caídas en espirales de autodestrucción. Tras ser
dada de alta, la actriz aclaró que su tratamiento había sido para
combatir su depresión: aprender a ser mujer mientras Hollywood no le
daba trabajo le provocó una ansiedad y tristeza que
fueron más fuertes que ella. La naturalidad con la que ella habla de
sus conflictos tumbó cualquier rumorología. Esa honestidad ha acabado
jugando a su favor. Haga lo que haga, Kirsten Dunst despliega una
humanidad que trasciende la pantalla. Y lo más importante,
no parece una superestrella fingiendo ser la chica de al lado. Kirsten
Dunst realmente parece la vecina de cualquiera.
En su primera
escena de Spiderman, Mary Jane Watson aparecía sacando la basura. En un
par de minutos, descubrimos que se trata de una chica corriente, aunque
no vulgar, sensible y motivada por sus sueños.
Nada de eso está en el guión. Todas las cualidades que hicieron de Mary
Jane un nuevo canon para "la chicas del héroe" residían en la forma en
la que Kirsten Dunst ocupa el espacio. Y nunca nadie la ve venir. "A
nadie le importaba A por todas, el estudio creía
que era una película minúscula e irrelevante. Pero la gente quiso ir a
verla, y cuando fue número uno, siendo mi primer papel protagonista, me
puse a llorar", confiesa Dunst. Sus personajes siempre ansían algo más,
ya sea casarse (Mujercitas), crecer (Entrevista
con el vampiro), ganar trofeos (A por todas, Muérete bonita) o entender
el mundo (Olvídate de mí). Sus personajes nunca se conforman. Por eso
su Peggy Blumquist de la temporada 2 de Fargo, ahogada en su propia
mediocridad, ha coronado una trayectoria tan errática
como atestada de películas generacionales. Cuando ha explorado
personajes opuestos a su registro soñador habitual, vencidos por la
depresión y la apatía vital (la huérfana de Jumaji, la adolescente
autodestructiva de Las vírgenes suicidas, la reina inconsciente
de Maria Antonieta) demuestran que hay pocas cosas que Kirsten Dunst no
sea capaz de hacer. Resulta imposible haber nacido en los 80 y que, en
algún momento, tu película favorita no estuviese protagonizada por
Kirsten Dunst.
Fuente:msn.

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